sobre nosotros y el porque
Comenzamos

El principio del problema
Vivo en una calle muy transitada del conurbano bonaerense, en Villa Ballester. En esa calle, por costumbre —y también porque hay más árboles de ese lado—, los vehículos suelen estacionarse sobre la izquierda. Sabemos que esto no debería ser así, pero la costumbre suele más. Mi casa, además, está del lado derecho.
Como tengo un vehículo bastante grande, para poder ingresar debo acercarme mucho a los autos estacionados a la izquierda y así realizar el giro. Para ello, coloco las balizas y me detengo unos instantes antes de comenzar la maniobra. Sin embargo, en más de una ocasión, y precisamente porque dejo el espacio necesario para girar, autos y, sobre todo, motos me adelantan por la derecha. Lo hacen generando una situación claramente peligrosa, con un alto riesgo de accidente. Independientemente de quién tenga la culpa, si el choque ocurre, el daño ya está hecho.
Me preguntaba entonces cómo lograr avisar de manera efectiva a los vehículos que me siguen que voy a girar a la derecha. ¿Saco las balizas y pongo el giro? ¿Espero a que todos se detengan? ¿Hago un gesto con la mano? Todas estas formas, intuitivas o espontáneas, no se encuentran reglamentadas y tampoco existe un acuerdo social que permita interpretarlas de manera unívoca.
Las palabras, las señales y su semántica admiten interpretaciones —algunas más que otras—, y tanto las balizas como el giro pertenecen a ese tipo de signos ambiguos. Lo mismo ocurre con el guiño de luces largas: ¿qué le dice uno al otro?, ¿que paso yo o que pase él?
Por lo tanto, no siempre es posible transmitir con claridad la información que queremos dar a otros conductores o, al menos, se vuelve evidente la necesidad de que dicha información sea lo más precisa posible. Esto implica que quizás debamos incorporar nuevas señales, del mismo modo que en el lenguaje incorporamos nuevas palabras para nombrar aquello que queremos comunicar con mayor exactitud.
Se dice que los esquimales tienen más de siete palabras para referirse a los distintos blancos de la nieve. Nosotros, incapaces de distinguir esas variaciones, no encontraríamos sentido en nombrarlas. Las nuevas señales, entonces, nos permiten ponerle nombre a lo que antes no lo tenía y, al hacerlo, volver visible algo que hasta ese momento permanecía oculto.
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